Fotos de jardines japoneses

Esteban paseaba lentamente por las calles de aquella gran ciudad. La cabeza gacha, un papel arrugado en sus manos, las lágrimas pugnando por salir. Perdido en su propio mundo de sueños frustrados, en un paraíso de fantasías imposibles de cumplir, de colores verdes, rojos y azules que se habían tornado con el paso de los días en grises y negros.

No sabía por qué, pero sus pasos lo habían llevado a las puertas de aquel jardín. No llevaba dirección, ni ánimo, ni fuerzas para admirar más que su propia capacidad (o incapacidad) para frustrar ilusiones.

Del estridente ruidos del tráfico incesante, de los cansinos sonidos de las bocinas de gentes impacientes a las que parecían írseles la vida en llegar antes allá donde quiera que fuesen, de los olores mustios de humos, sudores y de los colores de aquellas fachadas sucias, pasó sin darse cuenta al silencio ceremonial de aquel lugar. Al tranquilo sonido monótono de las pequeñas cascadas de agua que caían a los lagos, al color vivaracho de la vegetación naciendo con fuerza de cualquier rincón, al olor fresco del rocío mañanero.

Con los ojos aún húmedos encaminó sus pasos por el sendero de gravilla. Las pequeñas piedrecillas parecían masajear sus pies cansados mientras hacían su característicos ruido, el mismo que a veces había sentido bajo sus pies en la orilla de la playa de su tierra.

Mientras subía por aquel puente de madera, sintió aquel papel rasgándole, quemándole la mano. Arrugado, lastimado por su propia ira inicial. Angustiado por su pena siguiente. Leyó una vez más la última línea, aquélla que le obligaba a permanecer allí en aquellas tierras tan apartadas de su familia y de sus seres más queridos.

Y rompió a llorar las lágrimas contenidas desde que salió de casa. Desde que recibió aquella carta cruel. Desde que su mundo mágico pareció caer como un castillo de naipes. Sentado en aquel banco dejó fluir su pena…

Sintió una mano cálida sobre su hombro. Apenas una leve caricia depositada por una rama cercana, un leve gesto, un susurro traído por el viento. Levantó la cabeza a tiempo para ver un rostro dibujado en el agua del estanque. “No desesperes. No, mientras puedas volver a levantarte. Nada permanece intacto, ni estable en el tiempo, nada se acaba. Siempre hay luces y colores, y olores y sabores, y sonidos. Sólo tienes que mirar a tu alrededor y llenar de ellos tu corazón”

“¿Qué sería de este jardín sin flores? ¿o de esta cascada sin agua? por eso no se puede detener. Porque el tiempo pasa y hay que saberlo aprovechar. Porque nunca nos podemos detener en llorar por lo que no tenemos, sino que hemos de continuar, como este agua, buscando sus cauces. Siempre hay un camino; un sendero que nos llevará a un mundo de colores, y de olores y de sonidos… los que nos descubrirán que la vida, si nos empeñamos, nos lleva hasta donde nos merecemos”.

Esteban se secó la última lágrima. Dibujó una pequeña sonrisa en su cara y atravesó la puerta de aquel jardín espiritual, mágico y acogedor…

Al salir por la puerta, volvió la vista atrás para contemplar aquel lugar de meditación, aquel sitio donde los sueños simulan aparecerse para recordarte quien eres, donde las ondas de los estanques dibujan mensajes íntimos y las cañas del bambú emiten música salida desde lo más profundo de tus sentimientos. En aquel oasis irreal que en un momento surgió y surge para cualquiera en medio de la realidad más urbana.

Así son los jardines japoneses, verdaderos oasis de meditación.

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18 comentarios

Comments RSS

  1. Javier dice:

    todo es precioso

  2. Rosa Venosta dice:

    Una maravilla p los ojos y el alma !!! Gracias

  3. miranda miolet dice:

    me encanto todolo que bi , es mi sueño conocer corea

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